La raíz de una vida social con menos timidez (2).

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La raíz de una vida social con menos timidez (2).

Mensaje por Héctor - FHPCI el Sáb Nov 21, 2015 4:46 pm



  Este planteamiento que voy hacer en este artículo, está bajo la base subjetiva de mi propia experiencia, como todos mis artículos. Puede que gracias a las peripecias que hice de chaval y que ahora os contaré, he podido tener diferentes relaciones sociales con personas que viven a cientos de kilómetros, y resolver los contratiempos que me surgieron en algunos de esos viajes. Pero como todos, los primeros kilómetros que hice como individuo en sociedad, los hice bajo una mirada. Una mirada y una sombra en mi caso. Por mis circunstancias, mis padres no podían mandarme a por el pan a la panadería más cercana de nuestra casa, mientras que sus sombras se quedaban detrás de una cortina. Conscientes de lo necesario que era para mí empezar a aprender a gestionar mi vida social, (mí VIDA en sí), me apuntaron en el proyecto que había en el centro de rehabilitación donde todavía estoy. Era un proyecto al margen del día a día del centro, donde se trabajaba de forma individual con chavales con diversidad funcional, entre edades de 13-18 años. Cada uno teníamos (y tenemos) distintas problemáticas sociales. El objetivo de ese proyecto era que fuésemos conscientes de nuestras problemáticas antes de ponerlas en práctica por necesidad, e intentar disminuirlas.

  Recuerdo las tardes de sábado, cuando con mi monitor íbamos a hacernos los despistados en nuestra ciudad natal. Tardes divertidas, con sus momentos de agobio y tensión que pasaba con ese monitor, que para muchos era un alemán, rubio, alto, ojos azules, y que solo mal decía una frase en castellano, “Yo no saber”. Para otros, mi compañero era un chico mal educado, que después de salir del baño del bar, y sabiendo que el camarero llevaba un rato intentando saber lo que tenía que apuntar en la libreta, se hacia el remolón a las miradas interrogantes, mientras que le seguía dejando descifrar lo que le estaba intentando decirle un chico agobiado que estaba en una silla de ruedas, mientras hacía unas muecas muy raras con su cara. O un individuo poco de fiar, que estaba viendo desde lejos a su chico como iba recorriendo el centro comercial empujando su silla de ruedas con los pies marcha atrás, e incluso no hacía nada cuando este utilizaba los ascensores por él mismo con bastante dificultad, porque el objetivo de esa tarde era que consiguiera cambiar de planta por sus propios medios.



  Cada tarde superaba un reto, retos pequeños y no tan pequeños, que tenían que ver con la timidez que tengo cuando estoy fuera de mi entorno más cercano. Menos mal que mis padres sabían que la niñez  no es infinita, ¿y es que, que niño es consciente de que su niñez está en ellos de paso?: mi eterna niñez era dar vueltas con mi triciclo al barrio del pueblo de donde vivo, y jugar con mis dos amigos de mi infancia que tenía en ese barrio. Quien me diría que iba tener la oportunidad, no muchos años después, de hacer amigos a cientos de kilómetros, y que si quería estar con ellos tenía que viajar yo solo en tren o en avión hasta donde estuviesen. O que iba a tener durante dos años y medio una relación sentimental con una chica también a cientos de kilómetros. Como puse en mi anterior artículo, la “heroicidad” de cada uno se verá en las acciones que consiga hacer dentro de su condición. Pero sin duda, si ayudamos a nuestros pequeños a sacar y a aprender a utilizar todas y cada una de sus capacidades cuanto antes, podrán llegar más lejos como “héroes” en una sociedad que no estará hecha para ellos. Da igual la meta tope que pueda tener nuestro niño: el logro puede estar en que nuestro chico sepa ir a comprar pan a la panadería del siguiente barrio, porque hacen mejor pan, o el mismo logro se puede ver cuando nuestro chico se va de país en país dando conferencias, como es el caso de Pablo Pineda, el primer chico con Síndrome de Down en Europa en sacarse una carrera universitaria, (magisterio), y le falta poco para conseguir su segunda carrera, la de psicopedagogía. SIEMPRE que basemos la niñez de nuestros pequeños en el esfuerzo, y que sepamos erradicar nuestra sobreprotección de su vista, conseguiremos el logro más importante, que nuestros hijos sean en su futuro más independientes dentro de sus posibilidades.



  Muchos recuerdos tengo de esas tardes, también me acuerdo de algunas vivencias que he tenido después, esas experiencias fueron iguales que las que vivir años antes con ese monitor, si no tenemos en cuenta que en esas primeras tenía cerca a alguien para sacarme del apuro si llegase hacer falta: la vez que peor lo pasé fue en un aeropuerto, cuando el vuelo que debería llevarme a mi casa se suspendió. Primero se retrasó, ya me encontraba solo, me había despedido de mi amiga antes del control de seguridad. Esa vez pasé el control de seguridad pronto, mi amiga se tenía que ir un buen rato antes de la hora de embarque. Estuve esperando tranquilamente a que viniesen a ayudarme a embarcar, hasta que quedaba 30 minutos para que el vuelo saliera, que ya empecé a inquiétame por instantes, sobretodo porque el aeropuerto de Alicante es grande y no sabía donde quedaba mi puerta de embarque, (sin contar toda la parafernalia que tienen que hacer para ayudarme a subir al avión). Cuando ya faltaban 20 minutos para que despegaría mi avión, me puse a parar a las personas que pasaban cerca de mí, para intentar explicarles mi problema: la situación vista desde unos metros podía parecer la de un mimo, que hacia su interacción con personas atareadas que pasaban a su lado, sin que ellas le echasen ninguna moneda para ver su teatrillo, y sin que ellas le prestasen ninguna atención. Mi “teatrillo” al intentar pronunciar palabra cuando estoy nervioso es un cuerpo muy espástico (rígido), a juego con una cara doblada por varias partes, que intenta sacar una voz rota. Las tres o cuatro personas que intenté llamar su atención para que me ayudasen pasaron de mí así, como si fuese el mimo del aeropuerto. Y a todo esto, los grandes relojes del aeropuerto seguían corriendo como las gotas de sudor de mi frente. No me quedaba otra que buscar a alguien que no tuviese la excusa de que anduviese con prisa, con las mismas levanté los reposapiés de mi silla, y me acerque a un chico que estaba sentado a unos metros de mí: después de indicarle a este chico que tenía una pista dentro de mi riñonera de lo que le estaba intentando decirle, nos dimos cuenta que éramos compañeros de viaje. Al saberlo, me quedé tranquilo, no solo porque me encontraba con una persona que tenía que coger el mismo avión que yo, fue porque ya sabía el motivo del retraso del personal Sin Barreras para recogerme, mi vuelo se había retrasado. Recuerdo que le invité a este joven a que me acompañase al McDonald's que teníamos en frente, porque necesitaba beber algo para quitarme el intenso agobio que tenía encima.

  Ya sentados en una mesa, le pedí de nuevo ayuda, esta vez era para sacar mi móvil y llamar a mis padres para decirles que estaba bien. El sofocón se me había pasado, pero las gotas de sudor me seguían recorriendo la frente, me cuesta mucho llevar una conversación con alguien que no conozco, me pongo muy nervioso, y mi faceta de mimo se agrava. Estuvimos hablando mientras que se atrasaba cada vez más nuestro vuelo, hasta que bien entrada la noche, se suspendió finalmente. Cuando se calmó un poco el revuelo que se montó a cambio, de nuevo este chico, que se había convertido en mi ayudante, me ayudó a llamar por el móvil para que vinieran a por mí, mi ex novia me dijo que estaba de camino, que le habían llamado desde las oficinas de Sin Barreras.

Héctor - FHPCI
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